Las cosas con Rafo han cambiado algo. Muy desafortunada la entrada del otro día, me dijo mientras disfrutábamos de una cerveza en Santa Bárbara. Debe ser que «alguna incursión literaria» que he realizado en su vida le ha sentado a cuerno quemado, pensé yo.
―A partir de ahora, yo leeré, antes de publicarlo, cada capítulo que escribas.
―Me niego a ello, le dije. Si tú lees antes de tiempo cada entrada, estarías actualizando esos rescoldos absolutistas que tanto desdeñas. ¿O ya no recuerdas tus críticas a ese pasado tan autoritario que te había doblegado de modo consciente? Volvemos, observo, a la censura con mano firme y sin remordimientos.
Rafo se calló porque se dio cuenta que había tocado una fibra sensible de su tardoadolescencia.
―Nunca te he permitido hablar de mi familia con tanta profundidad. Nunca. Esto no es una justificación, pero hay algún dato erróneo que me ha jodido muchísimo. Y cuando me dijiste que ibas a hablar de Filoso, me puse en guardia.
―Además, querías ser tú el único protagonista y metiéndome en tu vida así, me das un protagonismo que dice muy poco de ti. Me tienes que dejar libertad y que luego el lector deduzca si es real o literario. También te tengo que decir que la información que me has ofrecido en algunos casos es mínima. ¿El capítulo VII? Pero… ¿si tú fuiste más detallista que yo en la narración final de ese capítulo?
Antes de irse, analicé profundamente su rostro. Estaba satisfecho y orgulloso, pero se lo reservaba para él. Seguro. No he entendido nada. Esos ramalazos de injustificada injerencia en mi redacción me han descolocado. Más aún, cuando lo vi salir de la cervecería. Todo eran atenciones y gestos simpáticos con los camareros, aunque no pagara. Eso me tocó a mí.
Yo, como narrador, creo que debo tocar todos los temas desde la sombra, hasta los más delicados y censurados por el protagonista de nuestro recopilatorio de anécdotas. No me puede condicionar el hecho de que no le gusten.
Para escribir esta entrada he hablado con algunos familiares cercanos y otros conocidos de los mismos que aún viven. Tengo que aclarar que otros muchos ya han fallecido y me ha resultado muy difícil entrar en detalles particulares.
José Luis, Filoso para los más conocidos, nació en 1916, en una habitación de la finca La Peregrina, en Bertamiráns, el único. La mayor parte de sus parientes son compostelanos. Cinco hermanos conformaban su familia: José Luis, Elena, Dolores, Maruja y María Rosa. Los hermanos eran en un principio siete. La mayor se llamaba Mercedes y murió a los pocos meses de nacer. Se convirtieron en seis cuando nació Carlos, el último de la fila, que falleció muy pequeño cuando contrajo una septicemia, por la infección de un grano en un labio que no pudo ser atajada, pues no había penicilina en aquellos tiempos. Volvieron a ser cinco.
Salvo estas dos desgracias puntuales que fueron vividas con gran sufrimiento, a pesar de que en aquellos tiempos era frecuente el fallecimiento de niños recién nacidos, la infancia fue tranquila y sin otras circunstancias que la alterara. Dicen que cuando no hay recuerdos de esa etapa de la vida se puede calificar como plácida y amable.
La adolescencia fue otra cosa. En 1934 falleció su madre. Cuando uno pierde a los quince años a su madre, la huella de dolor y tristeza se agranda según va tomando uno conciencia de la ausencia de ese pilar de la familia. La casa de los Togores Paramés se tiñó de luto y, cuando empezaban a levantar cabeza, por una labor encomiable de los familiares cercanos, llegó otro golpazo. El padre, en septiembre del 36, tras unos incidentes vividos como consecuencia de la guerra civil poco aclarados ―estuvo retenido en una checa― falleció en su casa tras un fulminante infarto de miocardio.
Paralelamente a esta defunción, entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre, se produjeron miles de masivas ejecuciones extrajudiciales de presos encarcelados en checas madrileñas en Paracuellos del Jarama, por parte del gobierno de la República, en un enfrentamiento terrible con los sublevados por el control de Madrid. En estas ejecuciones fueron fusilados tres tíos directos y un tío abuelo.
Como consecuencia de todo ello, los cinco hermanos Togores Paramés quedaron huérfanos. Circunstancia que conmovió a todos los familiares. Tras varias reuniones, en una familia en la que apenas quedaban hombres adultos, se decantaron por un «quíntuple reparto» de los hermanos entre los diferentes miembros de la parte Togores. Esta decisión no satisfizo en absoluto a una tía abuela de los jóvenes que, haciendo gala de una fuerza emocional brutal, resolvió asumir la educación y el mantenimiento de los cinco hermanos, que continuaron de este modo unidos, deseo primordial de esta mujer. María Paramés, conocida como Pía, era el nombre de esta corajuda fémina.
Centrémonos en dos de los cinco hermanos. José Luis, el mayor, como dije antes, nació en la Finca La Peregrina, en la aldea de Bertamiráns, residencia en los meses de verano de la familia Togores Paramés. Su locus amoenus. Y el de Rafo. Se licenció en ciencias exactas, pero todos los intentos de trabajar se vieron frustrados por una quebrada salud mental muy tocada por todas las causalidades que sufrió en sus primeros años de vida adulta. Vivió con su hermana María Rosa y con su tía abuela Pía en una casa alquilada de la calle Castelló de Madrid. La tía Mota, como era llamada por sus sobrinos, trabajó durante muchos años en la biblioteca del CSIC y fue el sustento generoso y desinteresado en todas las penalidades psiquiátricas que sufrió Filoso, apodo cariñoso de José Luis.
Filoso era un hombre con un agudísimo sentido del humor y una poderosa retranca que manifestaba en las mil y una anécdotas que contaba o inventaba y que mantenía a sus sobrinos atentos durante minutos y minutos. Pero cuando los ciclos de su enfermedad se apoderaban de él, la convivencia se hacía muy difícil. Sufrió tratamientos psiquiátricos muy duros ―el adjetivo en grado superlativo absoluto «muy duro» aquí puede hiperbolizarse sin exageración ninguna― y difíciles de entender hoy en día y pasaba temporadas en un sanatorio en los aledaños de Compostela dedicado a los trastornos mentales tipo esquizofrenia y otros. Algunos psiquiatras actuales se atreven a calificar de «desmesurados y excesivos» los tratamientos psiquiátricos de los años 30 y 40.
María Rosa, la tía Mota para los sobrinos, murió en 1979 por un agresivo y metastatizado cáncer de mama, que por razones pudorosas ―las amigas la amenazaban con decírselo al padre de Rafo, si ella no lo hacía― y una absoluta carencia de pautas de prevención en aquella época, fue detectado muy tarde. La coincidencia de una visita de María Rosa a su hermana Lolita con la casual presencia del doctor Máiz Bermejo hizo que la consulta no se demorara. José María, que así se llamaba el padre de Rafo, nunca manifestaba con el rostro lo que tenía delante para diagnosticar, en esta ocasión sufrió un golpe emocional brutal porque la realidad superaba cualquier ficción cancerígena. La operó urgentemente, pero estaba tan extendido que su futuro tomó una dirección funesta y un final trágico. Fueron años de un sufrimiento hatroz por parte de María Rosa Togores.
Como era imposible que José Luis pudiera mantenerse económicamente, y mucho menos la casa, hubo que tomar una apremiante decisión con él. Además de sus problemas psiquiátricos, era paciente de un problema circulatorio implacable, seguía fumando como un carretero ―frase coloquial utilizada para describir a alguien que fuma en exceso o de manera desmesurada―, circunstancia que era muy difícil de controlar, pues por entonces tenía cierta libertad de movimientos para acceder a estancos y farmacias.
La familia decidió, no he llegado a saber cómo se produjo tal determinación, que se fuera a vivir a casa de Rafo, ya que el padre era médico y podía ser atendido con mayor dedicación y cercanía. Lola, la hermana de Rafo, dice que fue una petición directa de María Rosa a su padre. Todo el mundo pensó en Filoso y nadie, absolutamente nadie, en su hermana Lola Togores, que sufría unas incapacitantes depresiones cíclicas y un insomnio hatroz. Ha llegado a mis oídos un comentario que realizó una mujer de la familia residente en Coruña: tal vez, por la enfermedad de Lolita, no es la casa más idónea. Aún así, Filoso ocupó, por «cesión voluntaria de Lolita hija», su habitación, que de un dormitorio con pasillo, un armario propio de cuatro puertas, una mesa camilla para estudiar aislada, una voluminosa cómoda, una comodísima cama y una cierta independencia, pasó a un cuartito pequeño junto a la cocina, perdiendo absolutamente la privacidad. Woolite, que era como la llamaban cariñosamente sus primos, no manifestó ni la más mínima queja ante tal permuta. La aceptó plenamente. Pero hay que recalcar que cambió una generosa cama ―ella también padecía de insomnio― por un sofá cama bastante incómodo. En esa habitación sólo se podía estar acostado en la cama, sentado en ese mismo sofá o sentado en una silla. No se podía hacer vida alguna. ¡Ah! Y sin armario.
Filoso vivió allí casi ocho años. Los gastos que suponía contratar a un hombre para que lo lavara y lo arreglara a diario, y otros numerosos gastos diarios fueron sufragados en los primeros años con el dinero que recibió tras vender la casa que había comprado, con alguna ayuda externa, su hermana María Rosa. La cuantiosa liquidación de Hacienda del piso fue cubierta con parte del dinero antes mencionado.
En la casa de Hermanos Miralles (hoy, General Díaz Porlier) hubo de todo, momentos muy buenos y momentos muy malos. Las costumbres nocturnas (insomnio, radio a gran volumen, fumar en la cama, paseos continuos por la casa para ir al baño…) y una cada vez mayor dificultad por controlar los esfínteres modificó los hábitos de toda la familia. A las 10 de la mañana quedaba perfectamente aseado y perfumado por el enfermero que iba a realizar a diario esa tarea y sentado cómodamente en su sofá preferido. Todo fenomenal. Pero a las 12, por no controlar los esfínteres, volvía a estar todo sucio. Decía él que no le hacían falta los pañales. ¿Quién afrontaba la labor de lavarlo y vestirlo de nuevo? Pues ese, el de siempre. Rafo. La habitación de Rafo, que daba pared con pared con la de Filoso, era su lugar de «peregrinaje nocturno». Entraba con una linterna en la mano y se la enfocaba en los ojos a Rafo en distintos momentos de la noche para solicitarle cualquier ocurrencia de nula relevancia: cambiar una pila a la radio que se oía a todo volumen, un poco de charleta o buscar el mechero que había perdido…
El deterioro físico llegó a tal extremo que Lolita, la hermana de Rafo, planteó abiertamente que había que ingresar en una clínica a Filoso. La amputación de un dedo de un pie engangrenado y el progresivo deterioro físico le llevó a situaciones límite, que por pudor y petición propia de Rafo no transcribo porque sólo alimentarían el morbo y no aportarían nada relevante. Se decidió ingresarlo en una clínica para que lo atendieran debidamente. Allí falleció pocos meses después, en 1987. La decisión tomada entonces por razones estrictamente médicas cayó muy mal en parte de la familia, que veían en ella una resolución desproporcionada. Antes del ingreso se barajaron otras casas familiares, pero cuando eran informados los posibles afectados de las andanzas nocturnas de Filoso y de las necesidades higiénicas a cualquier hora del día rechazaban dicha posibilidad «porque era necesario descansar». Rafo lo quería muchísimo, pero era imposible compaginar estudio, descanso y andanzas noctámbulas, y por ello, junto con otras razones menores, tuvo que cambiarse al horario nocturno de Filología.
Rafo quería sobremanera a Filoso desde siempre. Era una adoración mutua que quizá empezara cuando tenía cuatro años y su tío se sentaba todas las tardes pacientemente a leer un libro con él ―Páginas de la infancia― y así practicar la lectura, que era una de las «cojeras» de Rafo niño. Digo esto porque llegó un momento en que la vida se hacía insoportable. Cuando estaba acostado, a la derecha tenía al nocherniego Filoso ideando qué danza tocaba esa noche y a la izquierda la voz lacrimógena de su madre lamentándose de su insomnio.
Como ejemplo de lo difícil que era, en ocasiones, el trato con él, el día de la mudanza a Hermanos Miralles, la madre de Rafo envió a su hijo al mercado de Hermosilla a comprar merluza fresca para la cena. Preparada con esmero y todo el cariño del mundo, no la tomó porque estaba demasiado fresca y sabía a agua.
La vida de Filoso era monótona, constante y rutinaria. Las comidas las repartía entre las casas de sus hermanas Elena y Maruja, periplos que, en un principio, realizaba en autobús y posteriormente en taxi, cuando la salud se tornó quebradiza. Esas «excursiones diarias» eran el alimento de una vida inútil y de carga familiar, como la calificaba él mismo en los momentos de «bajonazo psíquico». Descanse en paz. (Hatroz en poetario.com) (2025-2026)

Ciertamente fue así como ocurrió. 👏 Pero te has mordido la lengua. 😝 Miembros de la familia que se molestaron porque no lo querían en su casa porque no podían dormir. 😴 Al día siguiente tenían que trabajar y había que descansar. Al final de todo los que se alegraron de corazón ♥️ fueron los hermanos de papá, el tío Santiago y el tío Ramón. 👏