CAPÍTULO XIV DE ‘HATROZ’.- PROLONGACIÓN

Rafo llevaba mucho tiempo anclado en un pasado que le obsesionaba. Interiormente necesitaba explicaciones que no se atrevía a plantear: empezaba a conocer jóvenes como él que ideológicamente no tenían nada que ver. Estaban en las antípodas de lo que él había escuchado en su familia. No entendía «su rareza» y él, que siempre se había manifestado tímido y timorato, encajaba como un buen fajador de boxeo las sentencias que escuchaba con una rotundidad pasmosa sobre una época que en su familia no habían cesado de calificar como «de progreso y paz». Un pasado del que empezaba a conocer situaciones que le costaba mucho asimilar a bote pronto porque el martillo pilón de la paz franquista le llevaba a un escenario en el que el protagonista no era el profesor de Formación del Espíritu Nacional y sus sátiras sobre la traición de Suárez porque lo más frecuente era escuchar chistes del tipo siguiente: Un español regresa a España y charla con un familiar. «¿Y por aquí cómo estáis?», pregunta. «No nos podemos quejar», le responde. «Entonces, bien, ¿no?», dice. «No, no: que no nos podemos quejar».

Rafo, ilusionado con el comienzo del curso académico era un pequeño pulpo que se iba reforzando con experiencias ajenas. En su etapa de universitario, en la Complutense de Madrid, en Magisterio, antes de Filología, experimentó que sus pulmones se iban oxigenando con un aire nuevo porque había conocido bruscamente un mundo que jamás imaginó que existía. Era el mundo de una juventud desinhibida, apenas politizada, sin prejuicios familiares y con unas ansias locas de vivir sin derramar un segundo de su destreza festiva.

La Escuela de Magisterio se encontraba en la calle Jerte, en un lateral del conjunto conventual de aspecto catedralicio San Francisco el Grande. Entró en la escuela tan despistado que sintió la mirada de unos jóvenes que ya eran habituales, bien porque llevaban disfrutando de las «glorias» de la cafetería, bien porque su objetivo primordial era meter la cabeza en algún seminario.

Rafo comprobó que «la selva humana de la juventud» era tan dispar que le resultó imposible hacer una clasificación de la riqueza de familias estudiantiles que tenía delante. Se adentró en la cafetería y se sentó a esperar que le sirvieran. Nada. No había camareros a la vista. Todos detrás de la barra. Para aparentar que tenía todo controlado encendió un cigarro, abrió la carpeta que llevaba bien agarrada y con un cerco del sudor de la mano, notoria manifestación de su nerviosismo.

Consumido el cigarro, se levantó y emprendió el camino hacia la barra para pedir un café con leche y un pincho de tortilla. Solicitó lo dicho con aparente tranquilidad, lo abonó y se lo llevó a la mesa para tomárselo con imaginada intimidad. Lo siguiente sería componer su horario de asignaturas y aulas. Tenía controlado el panel en el que se mostraba toda la información necesaria. Mientras se tomaba la tortilla, una joven se plantó delante de él y se presentó con una frescura y una desenvoltura rayanas en el descaro, sería el calificativo de su padre. Y tras una pausa, rematar con un «estas jóvenes de hoy en día se pierden, se pierden…».

―Soy Asun y te veo hecho un lío. Tu aspecto, perdona que te lo diga, es el de un imbécil perdido. Bueno, ¿me vas a decir que me siente o lo tengo que hacer yo?

Ante el bloqueo de Rafo, Asun se sentó enfrente de él tras dejar su bolso y carpetas en una silla del otro lateral de la mesa. Todo ello para poder observarlo con un rigor que le excitaba sobremanera… ¿A los dos?

―Joder, tío, ¿me vas a decir tu nombre o tengo que ir a la cárcel de Carabanchel a pedir información sobre ti?

Asun se rio de su propia ocurrencia mientras la cara de Rafo era un poema. En su familia Carabanchel era sinónimo de revolucionarios, maquis y conspiradores contra un régimen que estaba en absoluta demolición. O eso creían los más optimistas.

―Soy Rafo. La boca pastosa como un saco de harina mojada y sintiendo en esos instantes que la tenía llena de trocitos de tortilla que era incapaz de tragar. El semáforo rojo de la timidez había frenado repentinamente la ingesta. Dudó, balbuceó y logró ingerir el resto de la comida. Bebió el café derramando un hilillo que se prolongaba por la barbilla con aires de grotesca exhibición de que no controlaba la situación.

―Tranquilo, tranquilo, que yo voy a comprar una ficha para llamar a mi madre y decirle que llegaré tarde a cenar, si llego.

Rafo no salía de su asombro. Él siempre era el que daba el primer paso, después de dos o tres cañas. Nunca la chica. ¿Porcentaje de éxitos? Decía, con una mueca en la boca, que «no mal», como respondía un tío suyo cuando le preguntaban por su salud.

Deslizó hacia la derecha de la mesa la taza vacía y se dispuso a recordar las asignaturas que tenía en ese primer curso. Pero se encontraba aturdido con la «incursión beligerante» de Asun.

―A ver, cuéntame qué haces aquí. Pareces salido de una urna en la que has estado metido toda tu vida.

Lo de la urna le fastidió mucho porque también se lo había dicho alguna conocida con la que él había intentado ligar.

―Chico, respira, sé natural, deja para otras ese sombrío gesto… Esto se lo habían dicho en varias ocasiones. Hasta una vez, en El Narizotas, le dijeron que estaba más envarado que César, un compañero de COU que llevaba, por culpa de un desvío de la columna, un corsé ortopédico que le aprisionaba todo el tronco.

Rafo no hablaba. Estaba avergonzado de su comportamiento infantil. Intentó proseguir la conversación, más había entrado en un serpentín de silencios que lo mantenían bloqueado y sin palabras. Faltaban sus amigos, el primero también primo, Jorge y Víctor, los dos puntales que rompían su mutismo con algún chascarrillo descarado y con sus diestras «buscarrespuestas».

―Recoge tus cosas, que nos vamos a tomar un vino a la Cava baja. Ante la estatua que tenía delante, le soltó un tío, espabila, que nos van a dar las doce de la noche en esta «acogedora» cafetería y son las doce del mediodía.

Salieron tranquilamente, enfilaron la calle Bailén, posteriormente la calle de Don Pedro y allí entraron en el primer local que vieron abierto. Sortearon a los clientes que enfilaban la barra discutiendo acaloradamente de política y lograron ocupar una mesa que estaba en una esquina del viejo bar. Pidió Asun una botella de vino con dos vasos y unas patatas fritas.

Rafo comenzó con un discurso que tenía muy sobado, pero que era como una carta de presentación cuando no le salía nada o en su mente bullía aquel manido «¿estudias o trabajas?»

―Nunca he sido un buen estudiante. Nunca. Tampoco malísimo como dice una prima mía. Tampoco. La apatía en el estudio, la falta de interés por nada y un comportamiento timorato y hablador, según mis profesores, me han convertido, hasta la actualidad, en un tío perdido en los estudios. Mi padre, esperando una reacción que todavía no ha llegado, me cambió de colegio en varias ocasiones. Pequeños fracasos de un hijo que no sabe lo que quiere ni en el día de hoy.

―A mí lo que me gusta es leer. Leer. Silencio largo. A Asun le había dado por observar y no hablar.

―No sé si habrás leído El Buscón de Quevedo. Termina la primera parte del libro así: Y fueme peor, como vuesa merced verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres. Esto lo llevo grabado en el frontis de mi vida.

―¿Y te sabes de memoria esa cita? No te entiendo. Si eres capaz de memorizar a Quevedo… ¿cómo no tienes narices de estudiar su vida y su obra? Por ejemplo. Eres un tipo muy curioso. ¿Eres un gamberro?

―No. Gamberro nunca. Lo que te he dicho antes. Creo que soy buena gente, aunque esto lo tienen que decir los que me conocen. Me sentí ridículo cuando Ana, una compañera de COU, en un desayuno en Dickens soltó que tenía clarísimo lo que quería estudiar y ser en el futuro: abogada. Yo la veía tan decidida que me dejaba siempre muy jodido. Yo no sabía qué hacer. Y eso alimentaba que mostrara un nulo interés por todo.

―No busques disculpas. Mal estudiante y punto.

A Rafo le sentó fatal que dijera eso, aunque lo hiciera sin intención de ridiculizarlo.  Le recordó a su querida prima cuando en medio de una reunión soltó aquello de «malísimo». Esto ocurrió hace unos años. Sí. Pero aún le duele porque notó un tono fiscalizador muy desafortunado.

Él nunca se consideró un mal estudiante. Como cualquier adolescente, culpaba de todo a los profesores, algunos con infinita razón, pues no tenían, con alumnos como él, ninguna mano izquierda.  Otros, los menos, como Don Luis, director del Calderón de la Barca, que se volcó en ayudarlo para que saliera adelante. Quizá la vocación de boxeador en su juventud le configuró como un experto en situaciones difíciles.

(Como narrador de la vida de Rafo, quiero que sepan ustedes que sí cambió de hábitos y costumbres, aunque no mudó de sitio. La imagen de Rafo, en la actualidad, después de 37 exitosos años de profesor en el mismo centro, es la de un hombre satisfecho y querido por su alumnado. Me permito copiar las palabras de una madre tras tener a su hijo como alumno. Si se entera que lo hago, me mata; pero los narradores somos así. La carta dice: Muchísimas gracias por tantas veces que te has interesado por nosotros, por tus consejos y por tus ánimos. Ha sido un placer volver a coincidir contigo un curso más. Se agradece enormemente cuando das con personas que sienten verdadera vocación por su profesión, más aún cuando se trata de los hijos. Espero que con C. volvamos a coincidir porque has sido un bonito regalo para ella. Mi más sentido respeto hacia tu manera de enseñar y ayudar a tus alumnos. De llevar sombrero me lo quitaría. O bien esta otra: ¡¡¡Hola, José María!!! Soy A. A. No sé si te acuerdas de mí. Fuiste mi tutor en 1° de BTO hace 9 años. Te escribo para decirte que ayer elegí plaza para hacer la residencia de Psiquiatría en el hospital Puerta de Hierro de Madrid. Lo que siempre había querido. Hay que dar las gracias a las personas que te han ayudado durante el camino para conseguir lo que quieres. Y tú fuiste una de ellas. Cuando en el colegio todos los profesores me decían que pensara en hacer otra carrera, o en irme a una universidad privada, porque no todo el mundo podía hacer medicina, tú fuiste casi el único que confió en que podía conseguirlo. Te estaré agradecida siempre. Te deseo lo mejor en la vida. Te lo mereces. Un abrazo enorme.

Esta es una pequeña muestra de todas las que ha recibido a lo largo de su dilatada experiencia y que guarda como oro en paño. El primero, una excelente persona con dificultades académicas; el segundo, una alumna con una carrera siempre exitosa. Repito, si se entera me mata).

Después de unos ridículos chupitos de vino ―no era lo suyo―, Asun le puso la mano sobre la suya y la acarició con extrema suavidad. A Rafo le gustó y de golpe le vinieron a la memoria inolvidables escenas que vivió con Marisa. Asun sintió un leve movimiento de la mano que interpretó como repudio y no como un síntoma de aceptación. La realidad era que tenía la mano sudada.

―No me rechaces. Tú me gustas, seas quien seas. Me trae sin cuidado. Lo que quiero saber es tu respuesta en caso de que empecemos a salir. No quiero imberbes y antojadizos. Y tengo la sensación de que tú eres las dos cosas. Por lo que me has contado de Marisa, me das un miedo hatroz. Quiero salir contigo, pero no quiero que nadie se ría de mí.

No supo qué decir. Dejó que Asun se sentara a su lado y lo besara en los labios. Él no lo rechazó en absoluto y le correspondió debidamente al segundo beso que le dio.

―Vaya, joder, vaya. Si eres un saco de sorpresas. Para ese aspecto de ingenuo adolescente que tienes besas muy bien.

Al cabo de unos minutos se levantaron, pagaron en la barra y salieron a la calle. En la puerta del bar se miraron durante unos segundos. El gesto de Asun no le dijo nada bueno porque daba a entender que no le había gustado lo que había leído en los ojos de Rafo. Se vieron en tres ocasiones más, intensificando la relación, y en la última acordaron una cena en un lugar típico del Madrid bohemio.

―De acuerdo, nos vemos el sábado.

Cada uno enfiló calles diferentes, pues sus destinos familiares eran distintos.

Rafo pasó unos días anclado en lo que había vivido. No sabía qué hacer. Su breve historial de plantones, propios y ajenos, lo llevaban a un laberinto con más difícil salida que el de Creta.

El sábado salió una hora antes de lo acordado. Le gustaba patear un poco Madrid en solitario para dejar que la imaginación volara y le pintara un futuro inmediato que lo alejara de los malos augurios que alimentaban sus miedos y temores.

Rafo volvió a mirar el reloj y se percató de que lo lógico era aceptar un nuevo plantón. Había perdido toda esperanza de verla, aunque un hilo de ilusión subyacía en su memoria. ¿O era un espejismo? Antes de conocerla, en soledad, se crecía ante el mundo; ahora, en soledad, sin ella, era un rastrojo de crepúsculos opacos.

Perdió la cuenta de las veces que miró el reloj. El camarero que le sirvió la copa hizo un particular gesto como queriendo descifrar las cavilaciones que plasmaba en una hoja que veía emborronada y llena de frases. Se sintió mínimamente importante por su celo en saber lo que estaba escribiendo. O eso creyó.

Por lo menos alguien se fija en mí, pensó fiel a su desaliño emocional.

Dos sentimientos se entremezclaban en su interior: el abatimiento, porque la ausencia de Asun llenaba de ebria locura su vacío existencial; y la nostalgia porque el breve pasado que vivieron nunca regresaría por mucho empeño que pusiera.

A Rafo le corroía la posibilidad de que su espacio estuviera ocupado por otra persona, porque sabía que había jugado con ella a ser un niño grande otra vez. Ella, harta de sus incertidumbres y vacilaciones, le había respondido con un silencio punzante y acerado.

―Mira, tío, no entiendo que no puedas hablar por teléfono sin que te escuchen tus padres. Yo le digo a mi madre que me deje sola en el cuarto de estar y ya está. Me voy a una cabina telefónica cuando tengo verdadero interés en hablar con alguien. Tú eres un mierda. Te callas como un crío y eso me repatea. No te importo nada.

Ahora ya no había vuelta atrás, ahora no podía pedirle al sol que volviera a calentar el presagio de un otoño sombrío y glacial. No era capaz de descifrar su silencio. Aún así, seguía esperando, anclado en una utopía casi suicida, un gesto suyo que le hiciera revivir emocionalmente el páramo en el que se había convertido su vida.

Pero esa noche estaba más ausente que nunca. Rafo vivía el todo de la nada. Y le dolía el volumen de su ausencia como si llevara en sus entrañas un cilicio de desvanecimientos y universos falsos. No sabía cómo ni por qué, pero había vuelto a exhibir el polvoriento rosario de sus interminables disculpas. Tenía mil palabras para justificar su actitud, pero ella era evidente que no lo quería escuchar. Soñaba con una cena en la que él no se limitara a escribir en una servilleta su nombre y luego dejarla olvidada en la mesa o simplemente dejarla caer.

Lo que tenía escrito en una hoja era el borrador de un futuro texto poético en prosa. Dudó mucho en llevarlo o no. En entregárselo o no. Lo escribió en una noche de desvelo casi eremita.

Tu nombre enturbia mi sangre y lacera mi espíritu. Te prometo que el aturdimiento y la insensibilidad de aquel día, si te haces visible, los tornaré en un rayo fecundo de sinceridad y pasión. Te garantizo que nunca te volverás a sentir sola en mi compañía. Porque a solas, sin ti, he podido comprobar hoy que no soy nadie. ¡Con cuánto desacierto y torpeza masculina he actuado! Te sentía tan segura a mi lado que jamás vislumbré la posibilidad de que eligieras otro puerto. No te imaginaba viajando por el vastísimo enjambre de otras manos. Solo un día sin verte y mi vida zozobra, mi vida naufraga calamitosamente en un mar de canciones tétricas y siniestras. Si me vieras en estos instantes vociferando tu nombre por los rincones más recónditos de mi existencia, seguro que correrías a mi encuentro y me aceptarías otra cita. Pero eso ya no es posible. Te has perdido, no entre los sublimes y generosos, no, sino entre los que no niegan sus deseos. Tal vez por dicho motivo hoy no me has querido ver. O tal vez sí. No lo sé. Lo mismo ahora estás soñándome. Y yo no tengo fe suficiente para atisbar tal situación. Me han alertado tanto de que lo que vemos o nos parece ver en sueños, no es otra cosa que un sueño viviendo en otro sueño. Un sueño que me ha convertido para ti en un torrente de malentendidos y desconfianzas. Pero te sigo esperando. Porque amar, como decía Pessoa, es cansarse de estar solo. En las últimas letras de esta carta te adivino enganchada a otro perfil con la furia de un titán. Y yo, Quasimodo de los pies a la cabeza, te espero abierto de espíritu y enemistado con la humanidad.

(En un principio no quise incorporar en este capítulo este texto. Lo distorsiona y lo vuelve melifluo. Yo quería destacar una realidad social de Rafo: en el segundo lustro de la década de los setenta era un joven desnortado en todos los aspectos. Cuando estudió en el Calderón de la Barca percibió algunos sucesos y comentarios que le entreabrieron los ojos. Su padre, con un discurso perfectamente trillado por sus tiempos en las juventudes de Acción Católica, lo convenció de que esas «verdades» eran la voz de una minoría de ingratos rebeldes que no se quisieron incorporar a la nueva España. Ahora, con la eclosión de la «democracia real, no la orgánica», lo que decía su familia, lo que veía en la universidad, lo que leía a escritores exiliados que regresaban, lo que editaba El País y El Alcázar, lo que escuchaba a algunos profesores, lo que veía en las manifestaciones, lo que susurraba un vecino de Santa María de la Cabeza comparado con una nueva vecina de Hermanos Miralles… Todo ello, asimilado sin orden ni concierto, llevaron a Rafo a unos años de convulsión ideológica que le ocasionó algunas discusiones con su primo Jorge).

Rafo seguía absorto en la relectura de su carta. Estaba tan abstraído, que no se percataba del grupo de amigos, habituales en el local, que iban por la segunda ronda de cañas, ni de la pareja de turistas que saboreaban una sangría con patatas bravas, ni los dos enamorados, más arreglados que el resto, y que se comían con la mirada, fase previa del intercambio salivar, ni de los que iban «de solanas a pescar pareja», ni de los dos camareros, uno agradable y algo curioso, y otro, gran coleccionista de desplantes y borderías.   El primer camarero, que no paraba de moverse entre los clientes para renovar las consumiciones que veía vacías, no quitaba el ojo de Rafo. Lo miraba con cierta pena, era consciente del plantón, y le sirvió una nueva copa a la par que se le trocaba el gesto de curiosidad en la más viva mueca de conmiseración. 

Un comentario sobre “CAPÍTULO XIV DE ‘HATROZ’.- PROLONGACIÓN

  1. Muy bien escrito. Nos pasa lo mismo con la timidez de esa época. Por supuesto las ideas de nuestro padre influyeron en cada uno a su manera. En la etapa de profesor te mereces todos los halagos. En mi época actual me arrepiento de la timidez y también de dejarme influir tanto como por mamá como papá. Me hubiera gustado mucho disfrutar más de la vida. Porque me he perdido muchas cosas en mi vida. 👏

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