Nos vimos en un lugar olvidado por ti y por mí, donde los distintos trayectos de un laberinto sin salida se volvieron visibles y plausibles. Durante unos instantes creímos reconocer sus pasillos, como si hubiéramos transitado antes por ellos en otra vida o en algún sueño obstinado que se negaba a desaparecer. Cada recodo parecía conducir a una revelación y, al mismo tiempo, a una nueva incertidumbre.
La luz, indecisa y tenue, dibujaba sobre las paredes sombras que imitaban caminos imposibles. Caminamos sin prisa, escuchando el eco de nuestras palabras, que regresaban transformadas, como si el propio lugar quisiera responder a preguntas que nunca llegamos a formular. Allí comprendimos que algunos encuentros no ocurren para resolver nada, sino para hacer visibles las preguntas que habíamos aprendido a ocultar.
Y aunque sabíamos que ningún sendero ofrecía una salida verdadera, continuamos avanzando. Había en aquella deriva una forma extraña de esperanza: la certeza de que perdernos juntos era menos inquietante que encontrar solos el camino de regreso.
