No le molestaba que yo brillara, le molestaba no ser la luz. Aplaudía mis logros con una sonrisa tan perfecta que parecía fingida, pero le rechinaban los dientes como si cada éxito mío fuera una deuda suya con la vida. Nunca quiso superarme, solo quería que me cayera y que jamás pudiera levantarme. Mis fracasos eran su alimento. Y yo, lleno de heridas otra vez, la esperaba desnudo en nuestra cama de aquel viejo hotel.
ENVIDIA
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